La literatura como huella de una sociedad y como registro del pensamiento y el sentir del individuo frente al mundo que lo rodea nos ha permitido entender la realidad, acercarnos a diferentes contextos, viajar a través de la historia, comprender la cultura, el lenguaje, y establecer nuevas y diversas formas de comunicación e interacción. Sin embargo, acudimos a un tiempo donde el fácil y rápido acceso a la información, el auge de las redes sociales, el progresivo remplazo de la palabra por la imagen y las nuevas dinámicas con las que el sujeto manifiesta su forma de “ser y estar en el mundo” pone en desventaja la literatura como forma de conocimiento para dar paso al consumo y creación de contenido superfluo que poco o nada aporta al desarrollo de un pensamiento crítico.

Bajo este panorama parece cada vez más difícil acercar a la población a la literatura y aun cuando se haga uso de todas las herramientas digitales para promoverla, en muchos casos este esfuerzo parece quedar relegado a espacios específicos como la escuela.

Aun así y ante esta constante tensión entre la magia de la palabra y la inmediatez de la imagen, entre la realidad y la virtualidad, no se puede desconocer que los sujetos están tejiendo nuevos discursos y nuevos saberes propios de una sociedad digitalizada y es allí donde se vuelve más urgente plantear la literatura como herramienta que permite plasmar dicha sociedad imprimiéndole su carácter evocador, reflexionándola, pensándola desde sus propias necesidades y problemáticas, reafirmando a la literatura no como parte de algo, sino como ese algo que lo engloba todo.

 

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